
Los defensores de nuestra democracia
Para millones de jóvenes mexicanos que nacieron después de la transición democrática, las libertades y los derechos electorales que hoy ejercen forman parte de la realidad que siempre han conocido. A diferencia de las generaciones que les anteceden, muchos no vivieron de primera mano los obstáculos que fue necesario superar para alcanzarlos.
Esto puede generar la percepción de que la democracia es una condición garantizada, cuando en realidad requiere una defensa permanente. En el imaginario colectivo, dichas regresiones son asociadas frecuentemente con cambios abruptos, en los que golpes de Estado o movimientos armados son el único peligro que verdaderamente podría atentar contra la democracia.
Sin embargo, lejos de lo esperado, las democracias no suelen desaparecer de un día para otro. Su deterioro ocurre muchas veces de manera silenciosa y progresiva; y lo más decepcionante es que ocurre a manos de quienes alguna vez asumieron el compromiso de defenderlas. Por varios años, distintas personalidades han advertido enérgicamente la situación que atraviesa nuestro país, en la que el sostenido desmantelamiento de las instituciones debilita cada vez más el delicado equilibrio de la vida democrática de México, y, por lo tanto, de nuestras sociedades.
El señalamiento más reciente provino del expresidente de México Felipe Calderón, durante su participación en el foro América Libre. En su participación, afirmaba que construir instituciones exige décadas de esfuerzo, mientras que destruirlas puede tomar muy poco.
En ese contexto, hizo referencia a “Cómo mueren las democracias”, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, obra que analiza cómo un régimen democrático puede deteriorarse gradualmente cuando se debilitan los contrapesos que limitan el ejercicio del poder. En mis últimas editoriales he insistido en esta reflexión porque este proceso se vuelve todavía más peligroso cuando se deteriora el Estado de Derecho, y cuando además son las propias instituciones y sus miembros los que avalan o contribuyen a esta erosión del sistema.
En Chihuahua hemos buscado responder a este riesgo con medidas concretas. Por ejemplo, ante la evidencia del avance del crimen organizado en la esfera política de otras entidades, impulsamos una reforma inédita en el país para anular elecciones en las que se acreditara la intervención o los vínculos de una candidatura con grupos delictivos. Su objetivo era impedir que la delincuencia condicionara los resultados electorales de nuestro estado.
Lamentablemente, el grupo parlamentario de Morena, al no lograr frenar la reforma en el ámbito legislativo local, llevó el tema ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que finalmente dio marcha atrás a la iniciativa. Con ello, Chihuahua perdió esta herramienta legal para proteger la voluntad ciudadana frente a la injerencia criminal.
Hoy México avanza por dos caminos paralelos, y los dos conducen al mismo lugar. Por el primero corre la república, cada vez más debilitada en la autonomía de sus instituciones y en la división de poderes; con un partido en el poder que parece resistirse a frenar el avance del crimen organizado en la esfera política; con un ambiente de constante descalificación, censura y persecución a quienes piensan distinto y a quienes combatimos la delincuencia de manera frontal.
Por el segundo corre la vida de los mexicanos: una vida más precaria, más insegura y con un horizonte de realización cada vez más reducido. Lo grave de este diagnóstico, es que ambas sendas conducen a y alimentan una misma lógica: la de la resignación. Se instala poco a poco, casi sin que lo notemos, cuando empezamos a aceptar que la violencia es inevitable, que las instituciones, al final, no importan, y que disentir es inútil o tiene un costo demasiado alto.
Cada vez que lo damos por hecho, cedemos un pedazo de nuestra libertad y de nuestra capacidad de exigir. Y un país que se acostumbra a vivir así renuncia, sin darse cuenta, a la posibilidad de una verdadera esperanza. Pero la resignación no es inevitable: es una decisión, y en Chihuahua no estamos dispuestos a tomarla.
Frente a esa visión, defendemos una forma de gobernar que ponga nuevamente en el centro a las personas, que no normalice la inseguridad, que exija transparencia y que reconozca la libertad de pensar diferente. En Chihuahua, frente a la resignación y a la desesperanza, hemos decidido ser brújula y guía para todos aquellos que no se conforman. Nuestra gente está acostumbrada a luchar, a superar la adversidad, a tomar el desierto inhóspito y convertirlo en hogar próspero.
Fue con esa convicción con la que el día de ayer acudimos a Ciudad Juárez para acompañar a nuestro compañero Marco Bonilla, y refrendar la visión humanista que ha cambiado las vidas de miles de chihuahuense durante 5 años. Desde la frontera número uno, mandamos un mensaje a todo Chihuahua y a todo México de que sí es posible construir una sociedad segura, en la que hay desarrollo, libertad de expresión, y un Estado confiable, transparente y firme que vela por las personas y sus familias.
Hoy más que nunca, debemos defender el modelo de país en el que queremos vivir. Un país en el que la democracia no sea solamente un mecanismo para elegir gobernantes, sino una garantía de libertad, de participación y de respeto a la dignidad humana.
Aquí creemos en la democracia, en la división de poderes, en los contrapesos institucionales y en el Estado de derecho porque sabemos que su fin último es que cada persona pueda desarrollar su vida en libertad, con seguridad y de forma plena.