Hay un principio que sirve para orientar la vida y también para orientar a los gobiernos: el árbol se conoce por sus frutos. No por la foto fácil, ni por las obras que se anuncian con bombo y platillo, pero luego colapsan. A un gobierno se le conoce por lo que deja, por lo que permanece y, sobre todo, por lo que realmente mejora la vida de las personas.